09/07/2026
EL BLINDAJE DE TORREÓN TAMBIÉN ES POLÍTICO.
Cuando Miguel Ángel Riquelme Solís afirmó que "Torreón no será la puerta de entrada de grupos criminales ni menos aval de extorsionadores que fingen ser organizaciones gremiales", no estaba improvisando un discurso de toma de protesta. Estaba fijando una línea política y de gobierno que, por el contexto regional, trasciende los límites del municipio.
No fue una ocurrencia. Tampoco una advertencia. Fue una sentencia.
☎️ Línea Privada II
✒️Claudia Rojas
Miguel Ángel Riquelme Solís no esperó semanas para demostrar que la seguridad sería el eje de su administración. Apenas asumida la alcaldía de Torreón, recorrió el Centro de Comando C2 y supervisó personalmente los límites con Durango, acompañado por mandos de Seguridad Pública y responsables del sistema de videovigilancia. Ahí revisó las acciones de combate a la delincuencia, anunció el fortalecimiento del blindaje en los accesos a la ciudad y la permanencia de los filtros de seguridad en la frontera con Durango, pero además, advirtió que serán revisados los protocolos de portación de armas para las escoltas que quieran ingresar a territorio coahuilense, procedentes del vecino estado.
Las palabras adquieren un peso distinto dependiendo de quién las pronuncia. La autoridad no siempre la otorga el cargo; muchas veces la concede la trayectoria. Y en el caso de Riquelme, esa autoridad proviene de una carrera que ha transitado por la diputación federal, la alcaldía, el Gobierno de Coahuila, el Senado de la República, y ahora, nuevamente como alcalde de Torreón, experiencia que inevitablemente imprime una visión mucho más amplia que la de un simple administrador municipal.
Por eso resulta imposible escuchar ese mensaje únicamente como la voz del nuevo alcalde de Torreón. En realidad, habla un hombre con la experiencia de quien ya gobernó un estado y conoce perfectamente las consecuencias de bajar la guardia en materia de seguridad.
Su prioridad quedó definida desde el primer día: antes que cualquier anuncio de obra pública, antes que cualquier programa administrativo o financiero, colocó la seguridad como la condición indispensable para todo lo demás. "No existe inversión sin seguridad", afirmó. Una frase sencilla, pero profundamente cierta. Ninguna empresa instala su capital donde reina la incertidumbre; ningún inversionista apuesta por una región donde el crimen organizado sustituye a las instituciones.
Pero hubo otra declaración que merece una lectura mucho más profunda.
Cuando aseguró que Torreón no será refugio de grupos criminales ni de quienes utilizan supuestas organizaciones gremiales para extorsionar a empresarios y productores, la alusión fue inevitable. Difícil no relacionarla con los hechos registrados recientemente en Durango, donde una estructura vinculada a la CATEM fue señalada por presuntos actos de extorsión, situación que terminó siendo desarticulada mediante la intervención del Gobierno Federal y el trabajo coordinado de las autoridades de procuración de justicia de Coahuila.
La referencia no fue casual.
Fue un mensaje político, institucional y territorial.
Un mensaje que, inevitablemente, cruza la frontera entre Coahuila y Durango para recordar que la seguridad no reconoce límites administrativos y que las decisiones tomadas en una entidad repercuten directamente en la otra.
Riquelme sabe perfectamente que Torreón comparte una frontera cotidiana con Gómez Palacio y Lerdo. Miles de personas cruzan diariamente de un estado a otro para trabajar, estudiar o hacer negocios. Precisamente por ello, cualquier intento de infiltración criminal en una de las entidades termina representando un riesgo para toda la región lagunera.
Su postura, entonces, no es una confrontación gratuita. Es una definición de Estado.
Hay otra característica que explica el impacto de sus palabras.
Riquelme nunca ha sido un político de estridencias. No necesita elevar la voz para transmitir firmeza. Su estilo siempre ha sido el de la prudencia, el análisis y la decisión serena. No construye liderazgo desde el espectáculo ni desde la ocurrencia cotidiana. Construye autoridad desde la consistencia.
Por eso, cuando habla de blindar Torreón, el mensaje adquiere credibilidad.
No recurre a frases diseñadas para viralizarse en redes sociales. No necesita aparentar dureza ni disfrazarse de hombre fuerte. Su presencia política, construida durante años de responsabilidades públicas, comunica mucho antes que cualquier discurso.
Ese estilo pertenece a una generación de políticos formados bajo una cultura donde la palabra empeñada constituye parte esencial del ejercicio del poder. Una escuela política que entiende que gobernar implica rumbo, disciplina institucional y responsabilidad frente a la ciudadanía.
Se podrá coincidir o discrepar con el origen partidista de esa formación, pero resulta difícil negar que Coahuila ha logrado consolidar una estructura institucional que ha privilegiado la estabilidad, la coordinación entre órdenes de gobierno y una política de seguridad sostenida durante varios sexenios. Los resultados, particularmente en comparación con otras entidades del norte del país, hablan por sí mismos.
Quizá por eso las palabras de Riquelme encuentran eco.
Porque detrás de ellas no solamente habla un alcalde que inicia funciones. Habla un político que conoce los costos de perder el control institucional y que entiende que la seguridad no admite improvisaciones.
La toma de protesta dejó claro que su administración buscará ordenar finanzas, fortalecer procesos y mantener el desarrollo económico. Sin embargo, el verdadero eje del mensaje fue otro: preservar la tranquilidad como condición para que todo lo demás pueda existir.
En tiempos donde el ejercicio del poder suele confundirse con el espectáculo, donde abundan los discursos estridentes, las ocurrencias improvisadas y las declaraciones que parecen más propias de una sobremesa o de una conversación de cantina que de la investidura de un gobernante, y escasean las definiciones firmes, la sentencia pronunciada desde Torreón no parece dirigida únicamente a los delincuentes.
También parece una advertencia para quienes, desde cualquier ámbito de poder, toleren, minimicen o permitan que estructuras criminales encuentren espacio para operar bajo cualquier disfraz.
Porque la seguridad no se negocia.
Y cuando quien lo afirma es un hombre cuya trayectoria ha estado marcada por la prudencia antes que por el protagonismo, dicha sentencia deja de ser una frase de ceremonia y se convierte en una posición de gobierno. ✒️