22/02/2026
A la opinión pública en general:
Muy buenas tardes.
En un momento de alta tensión nacional, es indispensable hablar con serenidad, con firmeza y con absoluta responsabilidad histórica. Los acontecimientos recientes, particularmente el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, han generado reacciones previsibles dentro de estructuras del crimen organizado.
El enojo, la sensación de pérdida de control y la necesidad de reafirmar poder son respuestas comunes en organizaciones de naturaleza violenta y jerárquica. Sin embargo, la historia comparada en materia de seguridad nacional demuestra algo contundente: la violencia reactiva jamás fortalece a quien la ejerce; únicamente acelera su desgaste.
Desquitarse con la población civil mediante bloqueos, incendios, ataques indiscriminados o actos de intimidación no es una estrategia de poder, es una admisión de debilidad.
En términos criminológicos y psicológicos, cuando una organización pierde a su figura central, tiende a actuar bajo impulsos desorganizados, buscando demostrar control simbólico. Pero ese tipo de acciones, lejos de consolidar territorio o influencia, terminan legitimando la intervención del Estado y endureciendo la cooperación internacional.
Hoy el escenario es delicado. La fuga de reos en distintos penales, las amenazas cruzadas entre actores políticos y criminales, así como la evacuación preventiva de ciudadanos estadounidenses por parte de su embajada, configuran un cuadro que no puede minimizarse.
En el ámbito geopolítico, estos indicadores son interpretados como señales de inestabilidad estructural. Y cuando la percepción de riesgo trasciende fronteras, se activan doctrinas de protección extraterritorial.
Donald J. Trump . Trump es un actor político de temperamento impredecible, con antecedentes de retórica dura en materia de seguridad hemisférica.
Si la violencia escala y afecta intereses económicos o ciudadanos estadounidenses, el margen discursivo para justificar una acción unilateral se amplía.
La historia internacional es clara: cuando se construye la narrativa de “Estado incapaz de contener amenazas transnacionales”, la presión externa se convierte en una posibilidad real.
México no necesita, ni merece, un escenario de intervención o de ocupación indirecta. El Estado mexicano ha demostrado cuando existe voluntad política que posee capacidad financiera, operativa e institucional para ejercer control.
Lo ocurrido recientemente confirma que el aparato gubernamental puede actuar con contundencia si así lo determina. Además, el contexto global actual implica que cualquier desestabilización interna tendría repercusiones estratégicas que involucrarían a potencias con intereses en la región.
El tablero geopolítico se está moviendo con rapidez. Persistir en agresiones contra la ciudadanía no fortalece ninguna estructura criminal; únicamente la coloca fuera de toda ecuación futura. Los pueblos, cuando se sienten asediados, se convierten en fuerzas cohesionadas. La sociedad mexicana ha demostrado en múltiples momentos de su historia que puede pasar de la apatía a la determinación colectiva.
No provoquen un escenario que pueda justificar una escalada internacional. En Washington y en otras capitales siempre existen planes de contingencia. Y cuando una nación poderosa percibe vulnerabilidad prolongada en su entorno estratégico, actúa.
México es una nación soberana, con profundas raíces culturales y con una población que merece vivir en paz. La violencia sistemática no es poder: es autodestrucción acelerada.
Cuando el león está herido, los carroñeros se acercan. No conviertan al país en un campo abierto para intereses externos.
— Fénix 90 🐦🔥