29/05/2026
Marzo de 2020. Plena pandemia, con las persianas bajadas. No hace tanto tiempo que pasó.
Vila dio una orden a Arturo, su mano derecha desde hace 32 años:
“A donde llamen, a donde llamen, a donde llamen.”
Y añadió: “Si hace falta ir a Toledo, se va a Toledo”.
Llegaron a repartir entre 95 y 100 pedidos al día. A Boadilla del Monte fueron “un porrón de veces”.
Domicilios que no habían pisado nunca. Incluso pedidos que cogía Vila personalmente en su teléfono particular.
“Lo que vendíamos servía para cubrir gastos, no para ganar dinero”, cuenta. “Pero no se trataba de eso. Se trataba de atender al cliente. De fidelizar al cliente.”
Y la gente lo notó.
Cuando llegó el momento de reabrir, los habituales avisaban: “Vamos a ir con la familia, con los amigos”.
Y Vila —fiel a sí mismo— contestaba: “Espera. No puedo coger todo lo que venga. Hay que mantener las distancias”.
Antes, durante, después.
Misma forma de hacer las cosas.
Por eso Ocachelo sigue aquí. No por suerte. Por el equipo que, en el peor momento, en lugar de echar el cierre, cogió el teléfono y dijo: a donde llamen, vamos.
Gracias a quienes nos abristeis la puerta cuando llegábamos con la bolsa. A quienes esperabais el pulpo del domingo. A quienes volvisteis cuando se pudo volver.
Sigue siendo vuestra casa.