25/05/2019
Hace años tuve un sueño.
Soñé con un mundo construido para la infancia.
Soñé con un espacio más amable con niños y niñas, en el que pudieran moverse a sus anchas, en el que jugar fuese la única acción posible y no estuviese limitado, coartado, manipulado, influenciado...
Soñé con un lugar en el que padres y madres pudiesen respirar, saborear un café aún caliente, leer más de diez renglones de ese libro postergado y apoyarse emocionalmente en el/la otro/a que acababa de conocer.
Soñé con personas que cada día rehuían de estas pequeñas criaturas y se acercaban con cautela a un lugar en el que la paz reinaba y allí se quedaban.
Soñé con otros sueños que se construyen y se hacen arte.
Soñé con compartir la vida de mis hijos con otros proyectos y verlos crecer (con ellos)
Y mi barreño de sueños se desbordó.
Pero en mi sueño nunca apareció una mano inalcanzable por una barra inaccesible hacia el otro mundo, una huída transformada en rencor, una miras hacia un futuro insostenible, días de insaciable consumo y energías agotadoras, un "quiero lo que no quieren" y "el ritmo de la sociedad va por lado", noches de espera tardía por el beso de mamá que no llega, los sumasumasuma correcorrecorre y no poder respirar.
Quiero vivir tranquila y eso quiero que viva mi familia. Ahora sí, mi familia.
Gracias por tanto.
Mamafante y Papaposa, desde hoy, cierra sus puertas.