28/02/2026
Hoy se abren restaurantes nuevos en Lima cada semana.
No es una exageración. Basta caminar por Surquillo, el nuevo barrio gastronómico de Lima, para sentirlo: puertas recién pintadas, cocinas que aún huelen a estreno, equipos jóvenes afinando detalles antes de abrir.
La mayoría son chicos que se prepararon años. Que viajaron para aprender del Perú y de otras cocinas del mundo. Y que, después, volvieron para intentar algo aún más retador que trabajar para otros: trabajar para un sueño propio.
Antes era distinto.
Cuando abrimos Astrid y Gastón, los restaurantes gastronómicos eran muy poquitos. No había barrios convertidos en rutas culinarias. No había listas internacionales ni turistas que viajaban por una reserva. Había más bien incertidumbre.
Recuerdo que éramos jovencitos. Yo en la cocina. Astrid en la sala. Recibiendo a los clientes uno por uno. Mirando la puerta con discreción para no parecer desesperados. Preguntándonos si ese día vendría suficiente gente. Si lograríamos pasar la prueba del mes. Si algún día llegaría la estabilidad.
Esa sensación —ese n**o pequeño en el estómago antes de abrir la puerta— debe ser la misma que sienten hoy los que inauguran sus restaurantes.
La diferencia es que ahora son cientos las opciones. Pero también son miles más los comensales que buscan historias verdaderas y las celebran cuando descubren que detrás hay talento, amor, respeto, humildad, generosidad.
Eso no ha cambiado.
Lo que cambia es el ruido alrededor. Las listas, las redes, la competencia, las expectativas. Pero el momento esencial sigue siendo el mismo: una persona que decide abrir una puerta y esperar que alguien la cruce.
Al final, abrir un restaurante siempre es un gesto vulnerable. Es decirle a desconocidos: “esto soy”. Y confiar. Confiar en la fuerza del corazón.