15/06/2026
Trabajando en nuestro humilde puesto de comida, La Fogata, siempre hay algo que me sorprende y me llena de ánimo.
Una de las mayores bendiciones de este proyecto familiar es que me permite compartir de una manera muy especial con personas que amo profundamente. Aquí confluyo con familiares que trabajan conmigo, con hermanos de la fe, con amigos de siempre y hasta con aquellos que, aunque no trabajan directamente con nosotros, de alguna manera siempre están presentes. Cada día trae encuentros que terminan convirtiéndose en un verdadero gozo.
Este sábado, por problemas con la compañía telefónica, varios clientes habituales no pudieron comunicarse ni visitarnos. Y aunque pudiera parecer algo simple, hasta extrañarlos fue una muestra del vínculo tan bonito que se ha construido con ellos. Porque aquí se ha levantado mucho más que un negocio; se ha formado una comunidad de afectos, conversaciones y experiencias compartidas. Eso nunca deja de sorprenderme y alentarme.
También me maravilla pensar que, para ser un puesto tan sencillo como el nuestro, hemos recibido visitantes de tantos lugares del mundo. Si colocáramos una bandera por cada país representado por quienes nos han visitado, probablemente cubriríamos toda la fachada y el comedor.
Por supuesto, hemos compartido con muchos hermanos dominicanos, tan cercanos a nosotros en cultura y costumbres, y con numerosos estadounidenses que visitan o hacen vida en nuestra isla. Pero también hemos conocido peruanos, guatemaltecos, chilenos, hondureños, uruguayos, alemanes, mexicanos, españoles y, este mismo sábado, una visitante de Francia. Muchas veces una conversación comienza por un acento distinto y termina convirtiéndose en un intercambio inolvidable.
Algo que siempre me llama la atención de muchos de nuestros visitantes estadounidenses es el respeto y la curiosidad genuina que muestran por nuestra cocina. No vienen buscando versiones adaptadas de nuestros platos; comen como comen los boricuas. Piden yuca, ñame, arroz con gandules y lechón. Con el tiempo hemos aprendido hasta qué recomendarles, desde un mangufongo hasta un madurifongo.
Todo esto me llena de orgullo y esperanza. No solo por la oportunidad de compartir con personas de tantos lugares y realidades, sino porque este pequeño puesto se ha convertido, sin proponérselo, en un embajador de nuestro municipio, de nuestra isla y de la verdadera personalidad de nuestra gente.
Y cuando nuestros visitantes se despiden, me gusta pensar que se llevan algo más que un buen sabor de boca por nuestra comida. Se llevan en el corazón un buen genuino sabor de lo que es Puerto Rico.